La asamblea litúrgica de las personas bautizadas que vienen a reunirse para la celebración de la Eucaristía es testigo o manifestación de la iglesia peregrina. Cuando nos movemos en procesión, en particular, en la procesión para recibir el cuerpo y la sangre de Cristo en la Comunión, somos una señal, un símbolo de esa Iglesia peregrina en camino . Para algunos, sin embargo, la experiencia de la Procesión de la Comunión es mucho más prosaica y hasta comparable con pararse en la cola del supermercado o de un organismo automotriz. Una percepción como ésta es una comprensión dramáticamente incorrecto y empobrecido de lo que representa una acción religiosa significativa.
La Procesión de la Comunión es una acción del Cuerpo de Cristo. Una invitación de Cristo, realizada por el sacerdote actuando en la persona de Cristo. Bienaventurados aquéllos que han sido llamados a la cena del Señor, los miembros de la comunidad siguen hacia adelante para compartir el alimento sagrado, para recibir el cuerpo y la sangre de Cristo, señal y fuente de unidad. De hecho, cada vez que nos movemos hacia adelante para recibir el cuerpo y la sangre del Señor, nos unimos los innumerables rangos de todas las personas bautizadas que han muerto antes que nosotros, nuestros seres queridos, los santos canonizados y los que no lo son a lo largo de los años, quienes en algún momento de la historia formaron parte de este gran riachuelo de creyentes.
Esta acción del cuerpo de Cristo, la Iglesia reunida para la Eucaristía, se manifiesta y se apoya en el Himno de la Comunión, un himno de alabanza a Cristo cantado por las voces unidas de aquellas personas que creen en Él y comparten Su vida. La Instrucción General del Misal Romano toma este himno muy seriamente, estableciendo que debe empezar en el momento de la Comunión del sacerdote y que debe extenderse hasta que la última persona haya comulgado.
Sin embargo, algunas personas consideran que cantar este himno es una intromisión en su propia oración, su acción de gracias privada después de la Comunión. Sin embargo, este himno es oración, la oración de gracias colectiva de los miembros del Cuerpo de Cristo, unidos mutuamente. Las plegarias litúrgicas y las normas de la Instrucción General ponen énfasis en este concepto fundamental de la unidad de las personas bautizadas, resaltando que cuando nos reunimos para participar en la celebración Eucarística, venimos no como individuos sino como miembros unidos del Cuerpo de Cristo. En cada una de las Plegarias Eucarísticas, aunque la petición se presenta con pequeñas diferencias, se le pide a Dios que envíe Su Espíritu Santo para hacernos un solo cuerpo, ya sea escuchando la palabra de Dios o uniéndonos en oraciones y el cántico litúrgico. (IGMR # 96), describe como uno de los propósitos del canto de entrada a la Misa intensifica la unión de los que se han reunido. Del Cántico de Comunión dice que su función es expresar abiertamente la unión espiritual de los comulgantes por medio de la unidad de sus voces, y de resaltar el carácter comunitario de la Procesión de Comunión.
Para algunos de nosotros es difícil aceptar esta insistencia en que la Misa es la acción de una comunidad en lugar de un acto individual de nuestra propia fe y piedad; sin embargo, es importante que hagamos todo lo que esté a nuestro alcance para que así sea. El propio Cristo en la última Cena le imploró a Su Padre: "Padre Santo, guarda en tu nombre a los que me diste: que todos sean uno como nosotros Que todos sean uno como Tú, Padre, estás en Mí y Yo en Tí "( Juan 17:11; 21). El Bautismo nos ha unido a Cristo y a nuestro prójimo como la vid a sus ramas. La vida de Cristo, el Espíritu Santo, nos anima a cada uno de nosotros de manera individual y colectiva y nos guía en nuestros esfuerzos por volvernos uno en Cristo.
Finalmente, el hecho de que la Procesión de Comunión es una acción profundamente religiosa nos dice algo sobre la manera en que debemos participar en esta procesión. Somos el Cuerpo de Cristo, avanzándonos hacia adelante para recibir a Cristo que nos hace uno con Él mismo y con nuestro prójimo. Nuestra procesión debe moverse con dignidad; "nuestro comportamiento debe ser como el de aquéllos que saben que han sido redimidos por Cristo y que están viniendo a recibir a su Dios!
La nueva edición de la Instrucción General le solicita a la Conferencia de Obispos de cada país que determine la postura corporal de la Comunión y que un acto de reverencia sea realizado por cada persona en el momento de recibirla. La Conferencia de Obispos de los Estados Unidos ha determinado que en este país, la Comunión se reciba de pie y que se haga una venia a manera de reverencia por aquellas personas que la reciben. Estas normas pueden requerir ciertos ajustes de parte de aquéllos que han estado acostumbrados a otras prácticas; sin embargo, el significado que tiene la unidad en la postura y el gesto corporal, como símbolo de nuestra unidad como miembros de un solo cuerpo de Cristo, debe ser el factor predominante sobre nuestras propias acciones.
Aquellas personas que reciben la Comunión pueden recibirla ya sea en la mano o en la lengua; sin embargo, la decisión final está en la persona que la recibe, no en la persona que la distribuye. Si la Comunión se recibe en la mano, las manos deben estar completamente limpias. Si uno es diestro, la mano izquierda debe descansar sobe la mano derecha. La hostia será luego depositada sobre la palma de la mano izquierda y luego tomada por la mano derecha hasta llevarla a la boca. Si una persona es zurda, esto se revierte. Es inapropiado alcanzar con los dedos y tomar la hostia de la persona que la distribuye.
La persona que distribuye la Comunión debe decirle lo siguiente a cada persona que se aproxima y de manera que se oiga, "El Cuerpo de Cristo". Esta fórmula no debe alterarse ya que es una proclamación que invita a una respuesta de fe de parte de la persona que la recibe. El comulgante debe responder de manera audible "Amén", indicando, por su respuesta, su creencia de que este pequeño pedazo de pan y el vino de este cáliz son en realidad el cuerpo y la sangre de Cristo, nuestro Señor.
Cuando uno recibe la Comunión del cáliz, la persona que distribuye la Comunión hace la misma proclamación y el comulgante nuevamente responde "Amén" . Cabe notar que no está permitido que una persona introduzca la hostia que ha recibido dentro del cáliz. Si, por alguna razón, el comulgante no puede o no desea beber del cáliz, debe recibir la Comunión sólo en la forma de pan.
Parece apropiado concluir esta reflexión sobre la Procesión de Comunión y la recepción de la Comunión con una cita del Catecismo de la Iglesia Católica:
"En el Bautismo fuimos llamados a no formar más que un solo
cuerpo. La Eucaristía realiza esta llamada: El cáliz de bendición que
bendecimos "no es acaso comunión con la Sangre de Cristo?, y el pan que
partimos "no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Porque aún siendo
muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo
pan (1 Co 10, 16- 17): Si ustedes mismos son Cuerpo y miembros de Cristo, son el
sacramento que es puesto sobre la mesa del Señor, y reciben este sacramento
suyo, responden "Amén" (es decir, sí, es verdad) a lo que reciben,
con lo que, respondiendo, lo reafirman. Oyes decir "el cuerpo de
Cristo" y respondes "Amén". Por lo tanto, sé tú verdadero
miembro de Cristo para que tu "Amén" sea también verdadero"
(San Agustín). CCC n. 1396.
