Las palabras de la Sagrada Escritura son muy diferentes a cualquier otro texto que jamás se haya escuchado, ya que no sólo nos proporcionan información, sino que son el medio que Dios utiliza para revelarse ante nosotros, el medio por el cual hemos venido a conocer la profundidad del amor de Dios por nosotros y las responsabilidades que esto conlleva como seguidores de Cristo, miembros de Su Cuerpo. Más aún, esta Palabra de Dios proclamada en la liturgia posee un poder sacramental especial de sacar a relucir en nosotros lo que está proclamando. La Palabra de Dios proclamada en la Misa es eficaz ; es decir, no sólo nos relata acerca de Dios y su voluntad para con nosotros sino que nos ayuda a poner en práctica la voluntad de Dios en nuestra propia vida.
"Cómo, entonces, respondemos a este maravilloso don de la Palabra de Dios? Respondemos a través de las palabras y el canto, por medio de posturas y gestos corporales, a través de la meditación silenciosa y, lo que es más importante aún, escuchando atentamente la Palabra en el momento en es proclamada. Después de cada lectura, expresamos nuestra gratitud por este don mediante las palabras "Te alabamos Señor" o en caso del Evangelio "Gloria a tí, Señor". Es apropiado que se observe un pequeño período de silencio como reflexión personal. A continuación de la primera lectura, cantamos el Salmo Responsorial, meditación sobre la palabra de Dios, por medio de palabras inspiradas de uno de los salmos del salterio, el libro de oraciones de la Biblia.
El Evangelio es el punto culminante de la Liturgia de la Palabra. Las lecturas del Antiguo Testamento nos relatan las promesas de Dios y la preparación del pueblo para la venida de su Hijo; las epístolas y otras lecturas del Nuevo Testamento previas al Evangelio ofrecen las reflexiones de San Pablo y otros contemporáneos del Señor con respecto a Su vida y al mensaje de Cristo; en los Hechos de los Apóstoles, se nos presenta una historia sobre lo que era la Iglesia antiguamente. Creemos que toda la Escritura, el Nuevo y el Antiguo Testamento, está inspirada por el Espíritu Santo; sin embargo la Iglesia siempre ha honrado de manera muy especial el Evangelio ya que en él no sólo tenemos la preparación y prefiguramiento de Cristo o las reflexiones sobre su mensaje, sino que tenemos las palabras y las escrituras del mismo Cristo. La proclamación del Evangelio está rodeada de señales de respeto y honor: el Evangelio lo lee un ministro consagrado por el sacramento del Orden, el diácono o, en ausencia de éste, un sacerdote; el Libro de los Evangelios se lleva con honor en la procesión de entrada y se coloca en el altar hasta el momento de la lectura del Evangelio para mostrar la unidad de la Escritura y la Eucaristía, de la mesa de la Palabra y la mesa del cuerpo y la sangre de Cristo; justo antes de proclamar el Evangelio, el libro se lleva en procesión al ambón con el acompañamiento de una aclamación cantada por los fieles; puede incensarse antes de proceder a su lectura y se le besa una vez concluida ésta última. Finalmente, todas las personas se ponen de pie en el momento de empezar la proclamación del Evangelio. Por medio de esta postura corporal y por el honor que se le otorga al libro que lo contiene, la Iglesia le rinde homenaje a Cristo, presente en su Palabra, y proclama Su Evangelio.
Entonces "qué es lo que debemos hacer para recibir adecuadamente la Palabra de Dios proclamada en la Misa? La Instrucción General nos indica que estas lecturas deben ser escuchadas por todos con veneración (OGMR # 29) y. establece que los lectores que desempeñen este ministerio sean de veras aptas y estén diligenteamente preparados para ejercer este oficio para que los fieles desarrollen un amor cálido y vivo hacia la Sagrada Escritura al escuchar o leer los textos sagrados. (IGMR # 101).
La palabra clave en todo esto es escuchar. Estamos llamados a escuchar atentamente mientras el lector, diácono o sacerdote proclama la Palabra de Dios. A no ser que uno esté imposibilitado de escuchar, uno debe evitar leer ja la vez un texto del misal. Más bien, tomando nuestra indicación de la propia Instrucción General, debemos escuchar como si estuviéramos escuchando a Cristo en persona, como si Él mismo estuviera de pie en el ambón, puesto que de hecho es Dios el que habla cuando se proclaman las Escrituras. Seguir cuidadosamente a la vez la palabra escrita puede llevarnos a perder la voz suave del Espíritu Santo, el mensaje que el Espíritu nos puede transmitir en uno de los pasajes ya que estamos ansiosos por seguir al lector.
Quizás la mejor manera de entender las lecturas de la Misa y la respuesta que debemos tener ante ellas la ofrece el Papa Juan Pablo II en su Instrucción Dies Domini. Allí, él fomenta que aquellos que toman parte en la Eucaristía, sacerdote, ministros y fieles deben prepararse para la liturgia dominical, reflexionando de antemano acerca de la Palabra de Dios que será proclamada y añade que si no lo hacemos, es dificil que la proclamación litúrgica de la Palabra de Dios por si sola produzca el fruto que debemos esperar. (n.40). En esto, nosotros labramos la tierra, preparando nuestras almas para recibir las semillas que serán plantadas por la Palabra de Dios para que dichas semillas puedan dar fruto.
Entonces, la Palabra de Dios, nos invita a que escuchemos y respondamos tanto
con la reflexión silenciosa como con la palabra y el cántico. Lo más
importante de todo, la Palabra de Dios, viviente y activa, nos hace un llamado
individual a cada uno de nosotros a una respuesta que vaya más allá de la
liturgia en sí y afecte nuestra propia vida, llevándonos a comprometernos
plenamente en la tarea de hacer que Cristo sea conocido en el mundo mediante
nuestras acciones y palabras.
