Ministerios Y Funciones
en La Misa


Cuando la Iglesia se une en la asamblea litúrgica para la celebración de la Misa, o cualquier otro sacramento, sus miembros no se reunen simplemente como una multitud, como un grupo amorfo de personas indiferentes. Se reunen en una variedad de ministerios y funciones. Si debemos entender el significado de estos ministerios y funciones, debemos empezar con el Bautismo, puesto que solamente aquel que por medio del Bautismo participa en el sacerdocio de Cristo es capaz de actuar en el culto público, que es la liturgia de la Iglesia. De hecho, la Constitución de la Sagrada Liturgia del Concilio Vaticano II nos dice que todas las personas que han sido bautizadas tienen tanto el derecho como el deber de participar en la liturgia.

 

La primera característica, entonces, para cualquiera que participe en la celebración Eucarística es que haya sido bautizada en el Cuerpo de Cristo, la Iglesia. Cada vez que los miembros de la Iglesia se reunen para rendir culto, lo hacen porque su bautizo se lo requiere. Mientras que todos comparten el sacerdocio de Cristo que los lleva al culto, algunos miembros de la Iglesia son llamados por Dios para servir en el sacerdocio ministerial como obispos y sacerdotes. Los obispos y los sacerdotes tienen el privilegio de actuar en la liturgia en representación de Cristo mismo, en favor de su pueblo, pronunciando las plegarias más sagradas de nuestra fe, presidiendo en la celebración de los misterios sagrados, explicando la Palabra de Dios y alimentando al pueblo de Dios con el cuerpo y la sangre de Cristo. Un obispo tiene, además, la responsabilidad de ser el pastor principal, el liturgista principal de su diócesis y, en esa función, es el sucesor de los Apóstoles. Otras personas, por la gracia de Dios, reciben el orden sagrado del ministerio diaconal. En la celebración de la Misa, los diáconos proclaman el Evangelio y ayudan al obispo y al sacerdote en el ejercicio de sus deberes sagrados.

Además de los ministerios consagrados por el sacramento del Orden, existen funciones en la liturgia que son ejercidas por laicos que ofrecen su tiempo y su talento al servicio de la asamblea litúrgica, tales como los acólitos (servidores del altar), los lectores, los ministros extraordinarios de la Eucaristía, los cantores, los miembros del coro, los instrumentalistas, los líderes de cantos y los ujieres. Otros contribuyen con su tiempo y talento para planificar y organizar la liturgia, mantener la iglesia y las vestiduras, los vasos y las citas bien organizadas y limpias o se encargan de las decoraciones que reflejan el espíritu de cada fiesta o estación litúrgica en particular.

La Instrucción General deja bien claro que esta variedad de oficios y funciones es la deseada y debe mantenerse. De hecho va más allá para decir: "...todos, sacerdotes y fieles, cumpliendo cada uno con su oficio, hagan todo y sólo aquello que pertenece a cada uno.." (IGMR #91). Por lo tanto, no sólo es deseable que las personas ejerzan su función en los oficios de servicio en la Misa, sino que, según la Instrucción, por ejemplo, si un diácono está presente, el sacerdote celebrante o un concelebrante no debe leer el Evangelio y el lector no debe tomar el papel del servidor y/o ministro extraordinario de la Eucaristía. Existe una gran variedad de servicios que deben realizarse y lo deseable es que dichos servicios sean ejercidos por diferentes personas a fin de que los talentos y dones que Dios ha puesto dentro de la comunidad Cristiana sean utilizados al máximo y que estas funciones de servicio no sean monopolizadas por sólo unos cuantos.

Sin embargo, no es suficiente que las personas estén simplemente desempeñando una función. Aquellas personas comprometidas con alguna función litúrgica necesitan estar bien preparadas para asumir dichas funciones y saber cómo desempeñarlas con reverencia, dignidad y entendimiento. Obtener la preparación adecuada no es solamente que la persona a la que se está preparando y las personas de la parroquia responsables de entrenar a los ministros litúrgicos den su tiempo. Por último, otro elemento indispensable en la preparación parroquial de un ministerio litúrgico bien organizado es la tarea práctica de asignar a personas para alguna Misa en particular y organizar la distribución de funciones.

Sin embargo, antes que se pueda preparar a las personas para las funciones litúrgicas, deben existir personas que estén dispuestas a asumir dichas funciones. Todas las personas bautizadas necesitan entender que parte de su deber con respecto a la liturgia es aceptar responsabilidad en ella, ponerse ellos mismos y sus talentos a disposición de la comunidad litúrgica siempre que sea posible. Si la liturgia es tanto un deber como un derecho, entonces parte de ese deber, para aquellas personas dispuestas a tomar esas tareas, es la responsabilidad de asumir las funciones clave como las del lector, servidor o acólito, ministro extraordinario de la Eucaristía, ujier, miembro del coro, etc. Ya sea que uno lleve las ofrendas durante la Presentación, lea la Palabra de Dios, ayude con la distribución de la Comunión y lleve la Eucaristía a las personas a las que les es imposible asistir a Misa o que sirva en el altar o proporcione música que aumente el gozo, la solemnidad y la festividad de la celebración, o sirva a la comunidad allí reunida como ujier, dicha persona está contribuyendo en el culto de la comunidad y cumpliendo la responsabilidad que comporta el Bautismo.

No todos los miembros de la comunidad parroquial tendrán el tiempo, la energía, la fuerza o la habilidad para servir en estas funciones; sin embargo, las personas deben tratar de no poner excusas tan fácilmente. Asimismo, cada cierto tiempo puede sernos muy útil reexaminar nuestra situación. El tiempo con el que pueda contar un ejecutivo de negocios o un padre de familia con hijos pequeños puede ser muy limitado. Sin embargo, en algún momento, los ejecutivos se jubilan y los niños crecen, dejando a su disposición másiempo libre. Lo que es importante es que se entienda que la celebración de la liturgia no es responsabilidad exclusiva del párroco, aunque su obispo le haya delegado velar por la vida litúrgica de la parroquia. Los párrocos necesitan del apoyo de su pueblo, de aquellos que seriamente consideren vivir su derecho bautismal y su responsabilidad hacia el culto.

Por último, esta enumeración de funciones especializadas puede dar la impresión de que aquellos que no están ejerciendo una de estas funciones pueden actuar pasivamente sin contribuir activamente en la liturgia. Nada puede estar más lejos de la verdad. Aquéllos que acuden a la liturgia no deben actuar en forma pasiva, sin participar en ella, esperando que todo se les de en bandeja. La liturgia no sólo es su derecho, es su deber, su

responsabilidad. Dicha responsabilidad incluye un compromiso pleno a lo largo de toda la celebración litúrgica. Los fieles bautizados que conforman la congregación están llamados a unirse en alabanza y acción de gracias en el canto y en la palabra recitada; a escuchar atentamente la Palabra de Dios, a ejercer su sacerdocio bautismal en plegaria por la Iglesia, por el mundo y por odos los necesitados durante las intercesiones generales. En la Liturgia de la Eucaristía unen sus plegarias a las del sacerdote celebrante, ofreciendo Cristo Víctima no sólo a través de las manos de este último sino que se unen a él y también se ofrecen a si mismos (OGRM #.95) y su participación culmina con la recepción del Cuerpo y la Sangre del Señor, el sacramento que los une de manera más íntegra con Cristo Cabeza y con el prójimo.

En su sincero esfuerzo por participar, los que están presentes ayudan tanto al sacerdote celebrante y a los que desempeñan diversas funciones litúrgicas como al prójimo. Su atención y su compromiso activo en la celebración puede sacar a relucir lo mejor que el sacerdote y los otros ministros tienen que ofrecer. Su canto entusiasta y las respuestas verbales llenas de convicción pueden fomentar en otros el deseo de cantar y responder; su sola presencia en la celebración de la Misa, cuando tantas otras opciones tentadoras pudieron haberse escogido, apoya y refuerza a otros que han podido haber hecho lo mismo.

La liturgia corresponde, pues, a la propia acción del pueblo de Dios, cada cual según su función, desde la que desempeña el obispo y el sacerdote hasta la que desempeña el ujier y el sacristán, una función de servicio, no de privilegio, un refleo de Cristo, que lavó los pies de sus discípulos y enseñó a sus seguidores a que imiten Su ejemplo de servicio.

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